La última media hora
El 10 de julio pasado recibí un correo electrónico del abogado de Nómada: “Mae, el 19 (de julio) es la procesión de lanchas en Puntarenas por la Virgen del Carmen.- Lic. Bernardo Mata S.” Una procesión en el mar, una caravana marítima que acompaña al barco que lleva a la patrona de Puntarenas recorriendo las aguas de lo que se conoce como “la punta”.
Abogado y fotógrafo nos preparamos para salir de San José poco después del medio día del sábado 18, listos para afrontar la presa por el cierre de la autopista General Cañas, con una grabadora vieja, 22 GB de música, un botellón de agua y un par de sándwiches del a.m.-p.m. El viaje no iba a ser corto. Evaluamos la dimensión de la presa después haber avanzado apenas 200 metros en una hora por la Valencia de Heredia, y la proyección era llegar al Puerto a eso de las 7 de la noche, aún a tiempo de hacer algunos contactos para movernos con soltura al día siguiente.
El trance del embotellamiento se hace más tolerable con la música y la conversación. Saliendo de Heredia el atolladero se disipa. El desvío obligado nos tiene un poco extraviados. Preguntamos cómo llegar hasta la carretera que lleva a Alajuela y mientras un señor nos explica, un muchacho de camisa negra, lentes oscuros, gorra y pelo largo, negro y encrespado, que hablaba por celular, nos dice: “Compa, yo voy para allá”. Lo montamos al carro, le decimos que vamos a lo de la Virgen, y nos cuenta que él es porteño y en los cinco minutos que está con nosotros nos habla un poco de cómo es la procesión. Demasiada casualidad como para que algo salga mal.
4:30 p.m. Vamos subiendo por Cambronero. Empieza a hacer frío. La tarde cada vez más gris. La tos que ya venía causándome molestias por una gripe mal curada empieza a ponerse fastidiosa. El único abrigo que traigo es una chaqueta impermeable prestada que no me queda. Si algo malo tiene que pasar, va a pasar ahora… pero no teníamos la menor idea, por eso me sorprendió cuando Bernardo dijo “¿qué pasa?” y se orilló de inmediato. El carro había perdido potencia de repente y al tratar de volver a encenderlo, no quiso arrancar. Analfabetos en cuestiones de mecánica no sabíamos lo que estaba pasando. En la soda al frente de donde nos quedamos varados nos dieron el número del celular de Ólger, un mecánico que tiene su taller por la calle Magallanes, a unos 500 metros de donde estábamos. No atendía el teléfono, así que Bernardo le dejó un mensaje. Como a la hora de estar ahí pegados los dos muchachos que nos estaban ayudando nos dijeron: “allá abajo, como a los 200 metros hay una bomba. Váyanse rodados hasta allá y al rato ahí se los revisan, a ver qué tiene el carro”. Parecía una mala idea, pero era nuestra única opción. Los dos empujaron el carro y seguros de que no venían tráilers o autobuses de ningún lado, nos mandaron cuesta abajo con las luces de emergencia encendidas hasta el Autoservicio Alvarado y Molina, donde de nuevo tratamos de localizar a Ólger. Nada de suerte. Ya era de noche. Empujamos el carro hasta un lugar de la bomba donde no estorbara y sacamos todas las cosas, resignados a tener que buscar unas cabinas en San Ramón y tratar de resolver el problema al día siguiente.
Como si el portazo final hubiera retumbado en los oídos de Ólger, éste nos devolvió la llamada y a los 15 minutos estaba ahí con su asistente, en un jeep Toyota blanco y había hecho el diagnóstico: “por el sonido parece que es la faja de distribución, seguro se reventó”. Ólger desarmó la parte donde está protegida la faja y cuando la jaló, ésta salió como un macarrón. Nos llevaron remolcados ya de noche y bajo una llovizna hasta el taller con el carro de Bernardo amarrado al jeep con un cable que se había reventado al primer intento. “Donde Ólger tiene el taller hay un bajo, pero el taller no está en el bajo, sino que está más abajo, en un hueco: él vive en un hueco”, estábamos advertidos. Íbamos cuesta abajo, con el carro apagado, jalados por el jeep sobre una calle de tierra y piedras. Manejaba como si no se acordara que nos llevaba atrás.
“Zorro, ilumíneme aquí”, “Zorro, páseme la llave”, “Zorro, tráigase ese aro y la mete ahí debajo”, “Zorro, bájeme la gata”. Con 28 años y poco miedo a los peligros, Ólger con la ayuda de su asistente nos despacharon al Puerto, que podía verse desde su taller: por allá se veía esa lengua de tierra llena de puntos amarillos. “Vayan tranquilos, nada más, sin hacer loco”. Eran más de las 10 cuando llegamos. El carro se había portado bien, aunque sonaba un poco cacharpeado por el chispero que venían haciendo las candelas. Buscamos un hotel, nos instalamos y salimos un rato por el Paseo de los Turistas. Estaba atestado de gente por las fiestas de la Virgen, que habían traído además a los nómadas de los juegos mecánicos: La Ciudad Mágica.
El Lic. programó la alarma de su celular para las 6 a.m. El calor sofocante, la locura que provoca un viaje de más de diez horas y mi tos de tuberculoso que siempre empeora en las noches – lo que impidió que pudiéramos dejar el ventilador encendido – se aglutinaron para que a esa hora no hubiéramos dormido prácticamente nada. Después de muchos esfuerzos por levantarnos y haber apagado incontables veces el despertador, logramos salir del cuarto pasadas las 9.
Habíamos empezado el día con el pie izquierdo y todavía teníamos que buscar una farmacia – el dolor de garganta era como si me hubieran agarrado la laringe a patadas – , desayunar, comprar bloqueador solar y una botella de agua y dejar de nuevo el carro en el hotel. Todavía no sabíamos cómo íbamos a seguir la procesión en el mar, que arrancaba a las 11.
Ya en el estero, lo que nos quedaba era montarnos en el ferry y seguirlo todo desde ahí. Con los tiquetes en mano quemamos un último cartucho preguntándole a un señor que iba saliendo con su panga cuánto nos cobraba por llevarnos a ver la procesión de cerca. Mientras remaba nos respondió “No, no, eso hay que hacerlo con tiempo. Vayan en el ferry”.
Fuimos casi los últimos en abordar el ferry. No tardé en darme cuenta que la cosa no iba funcionar. De la gente viendo la procesión solo iba a poder fotografiar sus espaldas, y el barco de la virgen sólo lo iba a tener de lejos y con el ángulo de la cámara hacia abajo, minimizando el efecto de todo el asunto. Al ver la procesión pasar a lo lejos, parecía una visión de hace siglos, como una versión tropical de lo que sería una escuadra de barcos vikingos si los vikingos hubieran sido un poco más ecuatoriales. Pero necesitaba estar al ras del mar: verlo todo desde abajo, con un lente angular, abierto.
Podría haberme entretenido fotografiando personajes exóticos – que de hecho los había: un Bruce Lee que se pasó todo el viaje bailando, emborrachándose y haciendo poses de karate cada vez me veía con la cámara, una señora obesa cargando un chihuahua en sus regazos, carajillos correteando por los tres pisos del ferry – pero no era para lo que había ido, y en mi cabeza andaba dando vueltas la idea de que si los devotos se convertían en una turba enardecida que quisiera tirar al fotógrafo al mar, no tendría hacia dónde huír cobardemente.
El San Luis II, el barco al que este año le tocó la suerte de ser la nave capitana, se acercó al ferry para que los pasajeros pudieran ver y fotografiar a la Virgen. Yo alcé el brazo con la cámara tratando de tener en la misma toma a la gente saludando a la Virgen y el barco con la patrona: el 90% de las tomas me quedaron con la Virgen decapitada por el borde superior del encuadre. Detrás del barco de la Virgen había otro barco que llevaba una orquesta. Ahí me percaté de otra cosa: para fotografiar un evento de éste tamaño en toda su dimensión, con todos sus detalles y momentos, un solo fotógrafo es demasiado poco.
Terminada la procesión tomamos un taxi y logramos llegar a tiempo a la Base Naval y pedir permiso para que nos dejaran subirnos al San Luis II y llegar hasta el muelle donde se iba a quedar la Virgen hasta el día siguiente. Ahora había un nuevo inconveniente: yo estaba demasiado cerca, no tenía una visión de conjunto de lo que era el barco con la Virgen. Podía fotografiar a la Virgen encima del techo montada sobre la tortuga baula que le hicieron para la ocasión, o si no de espaldas, pero jamás iba a tener la foto que quería: el barco de la Virgen surcando el mar con toda la flotilla de barcos siguiéndolo atrás.
El peso de la frustración me cayó como un ancla en la cabeza. De la procesión ya no quedaba nada y yo iba a volver a casa con las manos vacías. Un evento enorme y vistoso como ese no podía ser tan difícil de fotografiar, pero en todo momento estuve en el lugar equivocado.
Al día siguiente volvíamos a San José. Bernardo quería salir temprano porque era día de trabajo y no teníamos la seguridad de que la faja de distribución de segunda que le puso Ólger al carro fuera a aguantar todo el camino. “Antes de irnos a Chepe pasemos un toque a ver si hago unas fotos de la Ciudad Mágica al amanecer, por lo menos”. Eran pasadas las 6 a.m. El Lic. parqueó el carro al extremo oeste de los juegos mecánicos, frente a la playa. “Andá y nos vemos aquí en media hora”.
La Ciudad Mágica estaba totalmente muerta a esa hora, salvo por uno que otro cuidador que andaba por ahí con cara de amargado y algún señor que pasaba haciendo su caminata matutina. Los carritos chocones apilados en el centro de la pista, cubiertos con lonas azules, el carrusel con sus miles de bombillos apagados, el Tren Fantasma con el ahorcado a diez metros de altura bañado por la luz del alba… Al puro frente de los juegos mecánicos, sobre la playa, estaban las barracas de los trabajadores de la Ciudad Mágica. Había algunas tiendas de campaña y ropa colgada en mecates.
A los pocos metros encontré la foto que necesitaba. Había dos camas elásticas en cada una de las cuales había dos trabajadores durmiendo, cubiertos por sábanas. Uno de esos trabajadores tenía puesto un sombrero y en segundos pude encontrar el ángulo ideal para esa foto. Tomé solo dos fotografías, una cerrada con una sola cama elástica en cuadro y luego una abierta, con las dos camas en cuadro. Me bastó la primera foto.
Llegado a casa y revisando los crudos del viaje, al ver esa foto ya procesada, convertida a blanco y negro y con los contrastes ajustados, me acordé de algo que dijo Joseph Koudelka en una entrevista: “para mí una buena fotografía es aquella con la que puedo vivir”. Sin esa última media hora, hubiera vuelto a casa con un material mediocre del que ni siquiera hubiera querido hablar. De esa última media hora, obtuve una fotografía con la que creo puedo vivir por lo menos un par de años.
Texto y Foto: Pedro Murillo







Me gusta mucho la foto!
Por esta foto y ensayo está clarísimo que su don de sintesis es inato.
La descripción de un viaje que, con malos augurios al principio, nos lleva de la mano en un recorrido tan vívido que nos sentimos inmersos en esa película y que nos atrapa hasta el final, mostrando una foto, LA FOTO que lo llena de satisfacción y a nosotros de orgullo.
Parabéns !
qué ganas de recibir ese tipo de correos electrónicos
Excelente Pedro! Buena pluma, buen recuerdo y buena foto! “Dios proveerá” decía Fray Casiano, jaja.
Definitivamente bueno conocer la historia detras de la historia que en la mayoría de los casos, se queda dentro de la memoria del fotógrafo, a fin de cuentas los errores forman parte del ADN del fotógrafo documental, donde las decisiones son intangibles y solo dependen de lo que el autor encuentre.
Luego d leer el texto cada vez que todo sale mal pienso que tal vez en la ulima media hora algo puede suceder…
grande PIT!
Hola Pedro!
Felicitaciones!
Esta anécdota tiene tintes cinematográficos, me encantó el texto (es como el guión de una película) y la foto también es brillante!
Es una historia excelente, que nos enseña que no hay por que guardar la cámara, ya que nunca sabemós en que momento aparecerá frente a nuestros ojos la mejor foto de nuetra vida.
Me encantó esta cita de Joseph Koudelka: “para mí una buena fotografía es aquella con la que puedo vivir”.
Genial Pedro!
Parabéns minho colega!
Tudo na vida tem um porquê!
Parabéns!
Creio que esse tipo de sucessão de desencontros é treinamento de pertinácia necessária aos grandes profissionais. Obstine, Pedro!
La próxima vez hay que echarse un par de Ave Marias para ver si se deja la condenada.
jajaja, al chile