Foto de la semana 2009.08.29

Foto de la semana 2009.08.29

Foto: Natalia Soto

Jardín Botánico Lankaster, Agosto 2009. Este señor es el que diseña el nuevo jardín japonés, que aunque no está terminado se encuentra abierto al público y él está para que la gente le consulte sobre su trabajo.

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Publicado por Colectivo Nómada el 29 de agosto del 2009.

El arte de conocer a Felipe Granados

Felipe Granados

Caminar por las calles de San José, al lado de mi amigo el conejo tuerto, y encontrar la forma de crear historias en cada esquina, en cada momento y en cualquier situación; es una habilidad que se conviritió en un ritual de parte mía y con el mejor maestro de todos. Un maestro que envidiaría cualquier academia, capaz de recitar cualquier cita de Dostoievski al mismo nivel que una de Paquita la del Barrio.

Dentro de nuestros rituales mundanos estaba inventar cualquier canción en las calles, un merengue para una chica emo, o una cumbia satánica para algún gordo transeúnte.

Siendo él como Sherlock Holmes y yo como Watson emprendimos muchas caminatas, con los ojos bien abiertos para encontrar en cualquier fragmento de San José alguna historia cómica que contar.

Al lado del conejo tuerto aprendí a catar chifrijos en Cartago, a convertir un REX en un Derby Suave y el arte del regateo en las compra y ventas, a fin de cuentas todo lo necesario para vivir la vida de una manera que cualquiera envidiaría. Hablo de mi amigo, que lo que menos me enseñó fue su obra y de quien lo que más aprendí fue a leer la calle y sus lecciones de vida.

Hoy es el día en que Holmes escupiría a Watson si supiera que hoy se llora su partida, con el espíritu de un mariachi y como el menos macho de todos.

Hoy es el día en que nos despedimos del más grande, nuestro gran amigo y maestro Felipe Granados – el conejo tuerto.

Texto por Adrián Arias

La luz como milagro. El milagro como algo real. La voz de la luz cantando, de forma estridente, pero cantando, diciendo, haciendo. Como se hace la luz dentro del ojo, así quiero ver todo, como la primera vez, esos niños que juegan, esos viejos que dejaron de reírse, mirar para mirarse, sentir para sentirse, buscar para encontrarse o perderse, da lo mismo.

Mirar para mirarnos.

Nómada por Felipe Granados (1976 – 2009)

Publicado por Colectivo Nómada el 27 de agosto del 2009.

Foto de la semana 2009.08.22

Foto de la semana 2009.08.22

Bendición, actividad en honor a San Antonio, patrón de la comunidad de Cot de Cartago. El cura de la región se encarga de bendecir todo tipo de bienes, desde pick-ups hasta la lora de la familia, en la imagen los niños del pueblo se aprovechan de la situación para refrescarse de una mañana calurosa.

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Publicado por Colectivo Nómada el 22 de agosto del 2009.

Foto de la semana 2009.08.15

Espectador

Durante un concierto de Adrián Goizueta y su grupo experimental, poco público asistió. Este señor no identificado se sentó solo frente a la tarima a escucharlo, en Perez Zeledón, durante el Festival Nacional de Arte Región Brunca 2009.

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Publicado por Colectivo Nómada el 15 de agosto del 2009.

Los límites exteriores de la fotografía: Un diario personal

Antoine d'Agata

Éste mes de setiembre se presenta una oportunidad única para todos aquellos que ven en la fotografía documental algo más que un registro fiel de la realidad. Tendremos en Costa Rica a Antoine d’Agata, fotógrafo de la agencia Magnum y uno de los artistas más extremos, que trabaja desde adentro.

Antoine decidió tomar la fotografía como su modo de vida. Pero fue una desición de compromiso absoluto: su vida es la fotografía y su fotografía es Antoine D´Agata. Algo indivisible al punto de ser él mismo un ente activo en las situaciones que fotografía, donde la luz apenas existe.

Su tema es la noche y los personajes que la habitan, pero no es una visión romántica. Es más bien oscura y cruel, nos transmite la sensación de que la vida es algo que pende de un hilo, estemos o no inmersos en ese mundo.

El taller

Este taller se desenvuelve alrededor de la fotografía como un medio para reafirmar la percepción personal del mundo. Mirando más allá de lo meramente documental, las imágenes que crean un diario o inventario le permiten a su inventor liberarse de la coacción que yace bajo la transcripción de la realidad objetiva. El interés de Antoine d’Agata es “descortezar” al acto fotográfico y centrarse en la necesidad de narrar lo ordinario y las experiencias extremas. A cada participante se le solicitará examinar el último objetivo de su propuesta, para jugar un papel activo en sus propias imágenes y trabajar así en la textura de su realidad. Las imágenes, como las palabras, solo significan algo cuando están juntas. El taller se enfocará en encontrar la forma más relevante para cada postura individual. Al trabajar con Antoine d’Agata, los participantes deben estar listos para fotografiar intensamente durante el transcurso del taller y extender los límites de sus propuestas. Los participantes tendrán que confrontar sus obsesiones y contradicciones, a la vez que moldean una serie de imágenes que comunican en términos reales o ficticios su relación personal con el mundo. Descargue el pdf.

Contenido

- Introducción de la fotografía como una profesión
- Entrevista personal y definición del proyecto fotográfico
- Análisis de los trabajos previos de los participantes y asesoría según su nivel
- Sesiones fotográficas diarias
- Análisis individual y grupal del trabajo de días anteriores
- Selección de fotos con el fin de crear series
- Discusión de posibles mercados
- Entrevista personal final

Requisitos

1.  El fotógrafo que desee participar debe enviar un portafolio con 10 imágenes enfocadas al género documental. Del total de portafolios que recibamos se seleccionarán 11 fotógrafos que participarán en el taller.

2.  Los portafolios deben enviarse a la siguiente dirección tallerantoinedagatacr@gmail.com. Cada imagen debe pesar un máximo de 100k.

3.  Fecha límite de envío de portafolios 20 de agosto.

4.  El resultado de la selección se dará a conocer vía correo electrónico a cada participante el 24 de agosto.

Fecha

Del 1ero al 7 de setiembre, 2009.

Lugar

Universidad Veritas. 1 Km. al oeste de la casa presidencial en Zapote, antiguo edificio Itán.

Costo

$200  (estudiantes universidad Veritas $150)

La fecha límite en que se debe realizar el pago para el taller es el 30 de agosto. Si una persona ha sido seleccionada y no realiza el pago antes de la fecha indicada el cupo en el taller no está asegurado.

Notas

El taller se encuentra dirigido a fotógrafos avanzados, los cuales cuenten con equipo digital y listo para hacer fotografías.

Mas información con Adrián Arias: aarias@colectivonomada.com / (506) 8392-6292

Bio

Francés, nacido en 1961. Antoine d’Agata abandona Francia en 1983 para pasar diez años en el extranjero. Cuando vivía en Nueva York en 1990, su interés por la fotografía le lleva a matricularse en el Centro internacional de fotografía, donde tiene como profesores a Larry Clark y Nan Goldin. Después de trabajar en la agencia Magnum Photos de Nueva York entre 1991 y 1992, Antoine d’Agata vuelve a Francia al año siguiente y deja la fotografía durante cuatro años. En 1998, se publica su primera obra, De Mala Muerte. En 2001, publica su segunda obra, Hometown, con la que gana el premio Nièpce. En 2003, se inaugura su exposición 1001 Nuits en París, paralelamente a la publicación de los libros Vortex e Insomnia. En 2004, se incorpora a la agencia Magnum Photos y publica su quinto libro, Stigma. En 2005, abandona Francia para recorrer el mundo y desde entonces trabaja en un proyecto personal sobre la vida nocturna, en particular en el Japón, donde ha rodado su primer largometraje, Aka Ana.

Portafolio

Antoine d’Agata / Magnum Photos

Selección de Exposiciones

2006, Metropolitan Museum of Photography, Tokio, Japón
2004, Rencontres Internationales de la Photographie, Arles, Francia
2002, IFSAK, Fotograf Günleri, Estambul, Turquía
2001, Biblioteca Nacional, París, Francia
1998, Kunsthaus, Hamburgo, Alemania
1997, Festival des Trois Continents, DRAC Nantes, Francia

Selección de Libros

Manifeste, Le Point du Jour, Francia, 2005
Stigma, Images en Manoeuvre, Francia, 2004
Vortex, Éditions Atlantica, Francia, 2003
Insomnia, Images en Manoeuvre, Francia, 2003
Mala Noche, En Vue, Francia, 1998

Entrevistas y reseñas

- Entrevista realizada para portal Nikonistas:
               El compromiso vital de un fotógrafo de Magnum
- Patrick Zachmann acerca de Antoine d’Agata:
               Magnum Magnum: Antoine d’Agata by Patrick Zachmann
- Articulo para el País por Bettina Dubcovsky (enlace original perdido):
               La vida al límite de un fotógrafo maldito
- Articulo de American Suburb X:
               Antoine D’Agata is an empty shell walking…

Traducciones por Jenny Cascante

Publicado por Colectivo Nómada el 14 de agosto del 2009.

La última media hora

El 10 de julio pasado recibí un correo electrónico del abogado de Nómada: “Mae, el 19 (de julio) es la procesión de lanchas en Puntarenas por la Virgen del Carmen.- Lic. Bernardo Mata S.” Una procesión en el mar, una caravana marítima que acompaña al barco que lleva a la patrona de Puntarenas recorriendo las aguas de lo que se conoce como “la punta”.

Abogado y fotógrafo nos preparamos para salir de San José poco después del medio día del sábado 18, listos para afrontar la presa por el cierre de la autopista General Cañas, con una grabadora vieja, 22 GB de música, un botellón de agua y un par de sándwiches del a.m.-p.m. El viaje no iba a ser corto. Evaluamos la dimensión de la presa después haber avanzado apenas 200 metros en una hora por la Valencia de Heredia, y la proyección era llegar al Puerto a eso de las 7 de la noche, aún a tiempo de hacer algunos contactos para movernos con soltura al día siguiente.

El trance del embotellamiento se hace más tolerable con la música y la conversación. Saliendo de Heredia el atolladero se disipa. El desvío obligado nos tiene un poco extraviados. Preguntamos cómo llegar hasta la carretera que lleva a Alajuela y mientras un señor nos explica, un muchacho de camisa negra, lentes oscuros, gorra y pelo largo, negro y encrespado, que hablaba por celular, nos dice: “Compa, yo voy para allá”. Lo montamos al carro, le decimos que vamos a lo de la Virgen, y nos cuenta que él es porteño y en los cinco minutos que está con nosotros nos habla un poco de cómo es la procesión. Demasiada casualidad como para que algo salga mal.

4:30 p.m. Vamos subiendo por Cambronero. Empieza a hacer frío. La tarde cada vez más gris. La tos que ya venía causándome molestias por una gripe mal curada empieza a ponerse fastidiosa. El único abrigo que traigo es una chaqueta impermeable prestada que no me queda. Si algo malo tiene que pasar, va a pasar ahora… pero no teníamos la menor idea, por eso me sorprendió cuando Bernardo dijo “¿qué pasa?” y se orilló de inmediato. El carro había perdido potencia de repente y al tratar de volver a encenderlo, no quiso arrancar. Analfabetos en cuestiones de mecánica no sabíamos lo que estaba pasando. En la soda al frente de donde nos quedamos varados nos dieron el número del celular de Ólger, un mecánico que tiene su taller por la calle Magallanes, a unos 500 metros de donde estábamos. No atendía el teléfono, así que Bernardo le dejó un mensaje. Como a la hora de estar ahí pegados los dos muchachos que nos estaban ayudando nos dijeron: “allá abajo, como a los 200 metros hay una bomba. Váyanse rodados hasta allá y al rato ahí se los revisan, a ver qué tiene el carro”. Parecía una mala idea, pero era nuestra única opción. Los dos empujaron el carro y seguros de que no venían tráilers o autobuses de ningún lado, nos mandaron cuesta abajo con las luces de emergencia encendidas hasta el Autoservicio Alvarado y Molina, donde de nuevo tratamos de localizar a Ólger. Nada de suerte. Ya era de noche. Empujamos el carro hasta un lugar de la bomba donde no estorbara y sacamos todas las cosas, resignados a tener que buscar unas cabinas en San Ramón y tratar de resolver el problema al día siguiente.

Como si el portazo final hubiera retumbado en los oídos de Ólger, éste nos devolvió la llamada y a los 15 minutos estaba ahí con su asistente, en un jeep Toyota blanco y había hecho el diagnóstico: “por el sonido parece que es la faja de distribución, seguro se reventó”. Ólger desarmó la parte donde está protegida la faja y cuando la jaló, ésta salió como un macarrón. Nos llevaron remolcados ya de noche y bajo una llovizna hasta el taller con el carro de Bernardo amarrado al jeep con un cable que se había reventado al primer intento. “Donde Ólger tiene el taller hay un bajo, pero el taller no está en el bajo, sino que está más abajo, en un hueco: él vive en un hueco”, estábamos advertidos. Íbamos cuesta abajo, con el carro apagado, jalados por el jeep sobre una calle de tierra y piedras. Manejaba como si no se acordara que nos llevaba atrás.

“Zorro, ilumíneme aquí”, “Zorro, páseme la llave”, “Zorro, tráigase ese aro y la mete ahí debajo”, “Zorro, bájeme la gata”. Con 28 años y poco miedo a los peligros, Ólger con la ayuda de su asistente nos despacharon al Puerto, que podía verse desde su taller: por allá se veía esa lengua de tierra llena de puntos amarillos. “Vayan tranquilos, nada más, sin hacer loco”. Eran más de las 10 cuando llegamos. El carro se había portado bien, aunque sonaba un poco cacharpeado por el chispero que venían haciendo las candelas. Buscamos un hotel, nos instalamos y salimos un rato por el Paseo de los Turistas. Estaba atestado de gente por las fiestas de la Virgen, que habían traído además a los nómadas de los juegos mecánicos: La Ciudad Mágica.

El Lic. programó la alarma de su celular para las 6 a.m. El calor sofocante, la locura que provoca un viaje de más de diez horas y mi tos de tuberculoso que siempre empeora en las noches – lo que impidió que pudiéramos dejar el ventilador encendido – se aglutinaron para que a esa hora no hubiéramos dormido prácticamente nada. Después de muchos esfuerzos por levantarnos y haber apagado incontables veces el despertador, logramos salir del cuarto pasadas las 9.

Habíamos empezado el día con el pie izquierdo y todavía teníamos que buscar una farmacia – el dolor de garganta era como si me hubieran agarrado la laringe a patadas – , desayunar, comprar bloqueador solar y una botella de agua y dejar de nuevo el carro en el hotel. Todavía no sabíamos cómo íbamos a seguir la procesión en el mar, que arrancaba a las 11.

Ya en el estero, lo que nos quedaba era montarnos en el ferry y seguirlo todo desde ahí. Con los tiquetes en mano quemamos un último cartucho preguntándole a un señor que iba saliendo con su panga cuánto nos cobraba por llevarnos a ver la procesión de cerca. Mientras remaba nos respondió “No, no, eso hay que hacerlo con tiempo. Vayan en el ferry”.

Fuimos casi los últimos en abordar el ferry. No tardé en darme cuenta que la cosa no iba funcionar. De la gente viendo la procesión solo iba a poder fotografiar sus espaldas, y el barco de la virgen sólo lo iba a tener de lejos y con el ángulo de la cámara hacia abajo, minimizando el efecto de todo el asunto. Al ver la procesión pasar a lo lejos, parecía una visión de hace siglos, como una versión tropical de lo que sería una escuadra de barcos vikingos si los vikingos hubieran sido un poco más ecuatoriales. Pero necesitaba estar al ras del mar: verlo todo desde abajo, con un lente angular, abierto.

Podría haberme entretenido fotografiando personajes exóticos – que de hecho los había: un Bruce Lee que se pasó todo el viaje bailando, emborrachándose y haciendo poses de karate cada vez me veía con la cámara, una señora obesa cargando un chihuahua en sus regazos, carajillos correteando por los tres pisos del ferry – pero no era para lo que había ido, y en mi cabeza andaba dando vueltas la idea de que si los devotos se convertían en una turba enardecida que quisiera tirar al fotógrafo al mar, no tendría hacia dónde huír cobardemente.

El San Luis II, el barco al que este año le tocó la suerte de ser la nave capitana, se acercó al ferry para que los pasajeros pudieran ver y fotografiar a la Virgen. Yo alcé el brazo con la cámara tratando de tener en la misma toma a la gente saludando a la Virgen y el barco con la patrona: el 90% de las tomas me quedaron con la Virgen decapitada por el borde superior del encuadre. Detrás del barco de la Virgen había otro barco que llevaba una orquesta. Ahí me percaté de otra cosa: para fotografiar un evento de éste tamaño en toda su dimensión, con todos sus detalles y momentos, un solo fotógrafo es demasiado poco.

Terminada la procesión tomamos un taxi y logramos llegar a tiempo a la Base Naval y pedir permiso para que nos dejaran subirnos al San Luis II y llegar hasta el muelle donde se iba a quedar la Virgen hasta el día siguiente. Ahora había un nuevo inconveniente: yo estaba demasiado cerca, no tenía una visión de conjunto de lo que era el barco con la Virgen. Podía fotografiar a la Virgen encima del techo montada sobre la tortuga baula que le hicieron para la ocasión, o si no de espaldas, pero jamás iba a tener la foto que quería: el barco de la Virgen surcando el mar con toda la flotilla de barcos siguiéndolo atrás.

El peso de la frustración me cayó como un ancla en la cabeza. De la procesión ya no quedaba nada y yo iba a volver a casa con las manos vacías. Un evento enorme y vistoso como ese no podía ser tan difícil de fotografiar, pero en todo momento estuve en el lugar equivocado.

Al día siguiente volvíamos a San José. Bernardo quería salir temprano porque era día de trabajo y no teníamos la seguridad de que la faja de distribución de segunda que le puso Ólger al carro fuera a aguantar todo el camino.­­ “Antes de irnos a Chepe pasemos un toque a ver si hago unas fotos de la Ciudad Mágica al amanecer, por lo menos”. Eran pasadas las 6 a.m. El Lic. parqueó el carro al extremo oeste de los juegos mecánicos, frente a la playa. “Andá y nos vemos aquí en media hora”.

La Ciudad Mágica estaba totalmente muerta a esa hora, salvo por uno que otro cuidador que andaba por ahí con cara de amargado y algún señor que pasaba haciendo su caminata matutina. Los carritos chocones apilados en el centro de la pista, cubiertos con lonas azules, el carrusel con sus miles de bombillos apagados, el Tren Fantasma con el ahorcado a diez metros de altura bañado por la luz del alba… Al puro frente de los juegos mecánicos, sobre la playa, estaban las barracas de los trabajadores de la Ciudad Mágica. Había algunas tiendas de campaña y ropa colgada en mecates.

A los pocos metros encontré la foto que necesitaba. Había dos camas elásticas en cada una de las cuales había dos trabajadores durmiendo, cubiertos por sábanas. Uno de esos trabajadores tenía puesto un sombrero y en segundos pude encontrar el ángulo ideal para esa foto. Tomé solo dos fotografías, una cerrada con una sola cama elástica en cuadro y luego una abierta, con las dos camas en cuadro. Me bastó la primera foto.

Llegado a casa y revisando los crudos del viaje, al ver esa foto ya procesada, convertida a blanco y negro y con los contrastes ajustados, me acordé de algo que dijo Joseph Koudelka en una entrevista: “para mí una buena fotografía es aquella con la que puedo vivir”. Sin esa última media hora, hubiera vuelto a casa con un material mediocre del que ni siquiera hubiera querido hablar. De esa última media hora, obtuve una fotografía con la que creo puedo vivir por lo menos un par de años.

Ciudad Mágica Dormida por Pedro Murillo

Texto y Foto: Pedro Murillo

Publicado por Colectivo Nómada el 8 de agosto del 2009.
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